Demoledor retrato de marginalidad

Basada en la polémica novela homónima del colombiano Jorge Franco, que el eficaz guionista argentino Marcelo Figueras (lo recordará el lector por ser el libretista de Plata quemada o de Kamchatka de Marcelo Piñeyro) ha convertido en un demoledor retrato de marginalidad, desamparo, odio contra el mundo y muerte, Rosario Tijeras ambienta su acción en las turbulentas calles de la Medellín de finales de la década de los ochenta. Años de narcotráfico, de sicarios, de cocaína circulando sin problemas por todas partes y convertida en el combustible habitual de las noches en que la música, el sexo y la sangre se mezclaban en una suerte de carrusel que se interrumpía con frecuencia a balazos.

Retrato, pues, y no sólo de una ciudad; o para decirlo con más propiedad, retrato de un peculiar triángulo y muy particularmente de una mujer explosiva, que no por casualidad da nombre al filme: sabiendo que es una mujer de turbadora belleza y nacida y criada en los altos misérrimos que coronan la ciudad, imagine el lector el por qué de su apelativo de Tijeras. Es una heroína extraviada en los vericuetos del deseo, pero también en los de su deseo de venganza: lo sabremos desde la primera secuencia, las cosas para ella no van a ser precisamente fáciles.

Figueras, el guionista, y el director, Emilio Maillé, cuentan la historia de Rosario (la volcánica, impresionante Flora Martínez, actriz de telenovelas pero, por fortuna para el respetable, bastante más que eso), de Emilio (Cardona), un pijo harto de ligar que frecuenta antros un tanto peligrosos, y de su amigo de infancia, Antonio (Ugalde, muy plausible con su deje colombiano) mediante una sucesión de flashbacks no siempre demasiado claros, pero que sirven para pautar dramáticamente una historia desgarradora y tremenda. Se sirven, es claro, del gancho de la actriz para componer su personaje, en principio sensual, provocadora, profundamente turbia y deseable; pero también frágil, desquiciada, víctima de violación con sólo once años y de casi todo lo que se puede adivinar, después; hermana de sicarios, mujer de gatillo fácil, ella y sólo ella será capaz de coger con sus manos su destino y destrozar su vida a tiro limpio.

El edificio del filme se mantiene en pie gracias a Flora Martínez, ante todo; pero también a la hábil descripción de una psicología metida en un tiempo histórico preciso y en una ciudad angustiosamente hermosa, y en la que la vida no vale literalmente nada: la violencia, -no hay mayor explicación para ella-, y sus estallidos nos sobrecogen en ocasiones por inesperados, en otras por premeditada, lentamente anunciados.

Rosario Tijeras es una película poderosa, recorrida por un hálito de sexo y muerte (¡esa secuencia del paseo con el muerto por las calles de la ciudad, a ritmo de música tropical, tragos y lágrimas!), de deseo, desilusión, desesperanza. Es un capítulo más, pero ciertamente de los más ilustres, en la ya larga, abultada filmografía sobre un país ensombrecido y con una violencia persistente, de una ciudad desgarrada, de un futuro hasta la fecha casi clausurado.

© EL PAÍS | Casimiro Torreiro | 26-05-2006